Juan Pablo ParraPsicólogo Clínico

Reflexiones

Nos vendemos al mejor postor

Los tiempos han cambiado y ahora existen derechos y leyes que nos protegen de los abusos. Sin embargo, la lógica del mercado sigue siendo la misma. Es importante entender esto para poder hablar de "Salud Mental".

Esclavitud

Hoy en día sentimos que somos grandes empresarios en potencia, personas capaces de crear un imperio a través de los servicios que podemos entregar. Sea o no una fantasía, todos queremos llegar a estar en esta situación y, por lo mismo, en redes sociales solo nos muestran personas que, sin siquiera tener preparación, ganan hasta cien veces más de lo que podrías ganar en un año.

Pero me quiero abocar a una idea central en este escrito, y es que la lógica del intercambio (material, monetario, etc.) es un «como si». Actuamos como si cada objeto o cosa tuviese, de forma intrínseca, un número que corresponde a su valor y que nos ayuda a crear equivalencias para que un intercambio sea justo.

Déjame poner un ejemplo para que se entienda claramente (es un caso hipotético con valores inventados):

Don Juan tiene gallinas (cada gallina tiene un valor de $5) y don Pedro tiene sacos de harina (cada saco de harina vale $20). Sucede que don Juan necesita un saco de harina; por ende, para que el intercambio sea justo, debe haber un balance entre lo que se entrega y lo que se recibe. Esto quiere decir que don Juan deberá entregarle cuatro gallinas a don Pedro para que se cumpla el equilibrio.

Lo que quiero mostrar con este ejemplo es que, como sociedad, hemos decidido otorgar valores a las cosas para poder generar estos intercambios. Y el problema es que el sistema nos hace creer que el valor es una característica intrínseca de la cosa en sí.

Pero ¿Por qué estoy diciendo todo eso?

Remontémonos al siglo XVIII, en Charleston, Carolina del Sur (Estados Unidos), durante la venta de esclavos. Durante estos intercambios, los compradores veían diferentes características de los esclavos que querían, entre ellas, la edad, la complexión, los latigazos en la espalda (señal de un mal comportamiento) e incluso las habilidades que tenían. Ante esto, se les asignaba un valor que al esclavo y que se iba devaluando con el paso del tiempo.

Afortunadamente, hoy en día existen leyes y derechos que nos protegen de estas injusticias y de la deshumanización. O, por lo menos, eso creemos.

  • Ya no existe un patrón que nos compre por nuestras características personales. Pero tenemos que vender nuestro tiempo a alguna institución o empresa para poder subsistir dentro de este sistema.

  • Nuestra paga siempre debe ser inferior al servicio que entregamos, porque, si no, el sistema no funcionaría. Si cada persona recibiera exactamente lo que merece, no existirían ganancias para la empresa.

  • El sistema capitalista y el mercado laboral funcionan porque nosotros creemos en ellos. Y seguirán funcionando hasta que algún acontecimiento genere nuevas esperanzas de cambio (Alain Badiou). Así como los esclavos eran interpelados por ciertas ideologías y grupos de poder, aceptando su rol en este mundo.

  • La paga por nuestro trabajo aumenta o disminuye por la oferta y la demanda del mercado, no por tus competencias. Un magíster hoy en día vale menos que hace 15 años.

Esto no es solo una crítica a la situación actual, sino una forma de poner en la palestra aquellas cosas que aún es necesario seguir mejorando. Ya no hay latigazos en la espalda, pero existen el burnout, la depresión y la ansiedad. Ya no hay una tarima donde nos paramos y los patrones eligen a los esclavos más fornidos; para eso existen LinkedIn, Empleos Públicos y la creación del currículum vitae.

Hoy en día, el esclavista no es un personaje externo, sino que somos nosotros mismos quienes ansiamos subirnos a la tarima para que nos elijan las mejores empresas.

Juan Pablo Parra Bittner

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